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La memoria de Irán ha estado bajo vigilancia durante décadas. Desde la instauración de la República Islámica de Irán en 1979, el poder no solo cambió la estructura del Estado, también intervino en la vida diaria de las personas. El nuevo poder reguló la forma de vestir, limitó la voz de algunas en el espacio público y reforzó la autoridad patriarcal dentro del hogar. En 1983 el uso obligatorio del hiyab se convirtió en ley.

 

Pero la historia de Irán no está hecha solo de leyes y decretos. También está hecha de pequeños gestos de desafío, de redes que se crean cuando protestar es peligroso, y de mujeres que convierten la restricción en organización. La revolución que derrocó al sha prometía un nuevo comienzo. Sin embargo, en marzo de 1979, pocas semanas después del cambio de régimen, miles de mujeres tomaron las calles para protestar contra la imposición del velo obligatorio. Aquel momento dejó una reflexión clara: cambiar un régimen no garantiza libertad si las estructuras de poder permanecen intactas. Una revolución que sustituye una autoridad por otra, pero mantiene la jerarquía y el control sobre la vida, no transforma realmente la sociedad.

 

En los siguientes años, las leyes consolidaron desigualdades en temas como l herencia, el matrimonio y la custodia de hijos. El Estado creó organismos para vigilar la “moral pública”, entre ellos la Gasht-e Ershad, conocida como la policía de la moral. Así, la vida cotidiana quedó marcada por controles que afectaban desde la ropa, hasta la música y otras expresiones culturales.

 

Aun en este contexto de fuerte represión, surgieron nuevas formas de resistencia. Surgieron formas de apoyo mutuo y organización descentralizada. Estudiantes, periodistas, abogadas y trabajadoras impulsaron campañas para cambiar las leyes discriminatorias. En 2006, por ejemplo, la campaña “Un millón de firmas” intentó reformar normas a través de información legal y organización social. Muchas veces estas iniciativas fueron reprimidas, pero las redes de apoyo siguieron existiendo.

 

En septiembre de 2022, el nombre de Mahsa (Jina) Amini dio la vuelta al mundo. Fue detenida en Teherán por supuestamente no llevar correctamente el hiyab y murió bajo custodia. Su muerte provocó protestas en decenas de ciudades. El lema “Mujer, Vida, Libertad”, surgido del movimiento kurdo, se convirtió en el centro de una movilización que reunía muchas de las demandas acumuladas a lo largo de los años. Hubo marchas, huelgas y actos simbólicos como quitarse el velo en público.

 

Aunque las grandes manifestaciones disminuyeron con el tiempo, la resistencia no desapareció. Cambió de forma. Se volvió más discreta y cotidiana. En barrios y universidades, pequeños grupos se organizan sin líderes visibles para reducir riesgos. Las familias de personas detenidas se apoyan entre sí. Desde fuera del país, la diáspora denuncia lo que ocurre. Dentro de Irán, muchas mujeres siguen desafiando el código de vestimenta, incluso después de que en 2023 y 2024 se aprobaran leyes más estrictas para reforzar las sanciones.

 

Una mujer iraní protesta en la calle por la muerte de Mahsa Amini

 

Este año, un nuevo levantamiento confirmó que el conflicto sigue abierto. Las protestas del 8 de enero se organizaron de forma descentralizada mediante movilizaciones callejeras, redes universitarias y huelgas en bazares, con la participación de trabajadoras y minorías étnicas como kurdos y baluches. Trabajadores técnicos y jóvenes con conocimientos digitales desempeñaron un papel clave en la organización local. Paralelamente, colectivos en la diáspora como la Red de Acción Solidaria con Palestina (PSAN) y el grupo feminista Roja formado por activistas iraníes en el exilio se organizaron para pensar estrategias frente a la represión y construir alianzas más amplias.

 

La respuesta del estado como en otras ocasiones, ha sido desproporcionada: cortes totales de comunicaciones, apagones de internet y un uso sistemático de la violencia, con miles de muertos y decenas de miles de detenciones.

 

La tensión interna sobre la representación política del movimiento ha aumentado, con sectores monárquicos en el exilio intentando influir mediáticamente, mientras que activistas independientes proclaman que ninguna intervención extranjera puede sustituir la organización interna.

 

Porque las demandas van mucho más allá del hiyab. Incluyen igualdad ante la ley, fin de la violencia estatal, libertades civiles reales y justicia económica en un contexto de inflación y dificultades materiales. También reclaman mayor participación ciudadana y menos concentración de poder en estructuras no elegidas directamente. En resumen, cuestionan el sistema político y social en su conjunto.

 

En este proceso, la comunidad es fundamental. El apoyo mutuo protege y sostiene la resistencia cotidiana. Cuando una mujer camina sin velo por una avenida de Teherán, no está completamente sola: hay ojos que acompañan y manos que sostienen. Cuando una estudiante canta en su universidad, su voz rompe más que el silencio. Su gesto conecta con muchas otras voces silenciadas. Resistir no siempre significa enfrentarse directamente al Estado; a veces significa sostener vínculos y no dejar que el miedo rompa la comunidad.

 

Presentar a las mujeres iraníes como víctimas es incompleto. Han sido protagonistas activas de la vida política y social del país. Han denunciado, enseñado, organizado campañas, acompañado a familias afectadas por la represión y, en muchos casos, han pagado con cárcel o con su vida.

 

La lucha por los derechos de las mujeres y de las personas disidentes en Irán no es algo nuevo. Es un proceso que viene desde 1979 y continúa hasta hoy. Cambian las consignas y las estrategias, pero se mantiene una idea central: la dignidad y la libertad no pueden imponerse ni quitarse por decreto. Mientras esa convicción siga viva en la sociedad, la historia seguirá escribiéndose desde abajo.

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