Transfeminismo y anarquismo: la ola de la que no nos hablaron

 

 

 

«Los asuntos humanos, como la vida misma, son como los ciclos de la naturaleza. Es como la marea baja y alta del mar yendo desde el océano hasta la orilla. Esas olas vienen, juegan su papel y se van, pero todas dejan su huella, hasta el océano mismo se desgasta con el tiempo. Y entonces no hace falta que la gente se desanime porque estas oleadas de fortaleza humana que hay en el movimiento radical van y vienen. Todas dejan su huella» (Discurso pronunciado por Lucy Parsons en Chicago durante el 1º de Mayo del año 1930).

Para muches de nosotres1 el anarquismo y el feminismo se encontraron en el transfeminismo. No sabemos decir con exactitud cuándo ni por qué, pero tenemos la certeza de nuestra experiencia vital. La ola del transfeminismo no aparece en la genealogía feminista, pero su impulso bebe de la fuerza de nombres como Lucy Parsons, Rosa Cortés, Emma Goldman o Voltairine de Cleyre, y organizaciones como Las Rote Zora o Mujeres Libres.

A inicios del siglo XXI, algunas mujeres e identidades sexogénero disidentes tuvimos dificultades para tejer espacios organizativos que respondieran a las necesidades políticas del momento. Por un lado, los feminismos —aunque con cierto distanciamiento del feminismo liberal burgués—, seguían generalmente centrados en las opresiones específicas de las mujeres blancas, occidentales y cisheteronormativas. Las principales consignas eran el derecho al aborto, la libertad sexual y la denuncia de las violencias machistas (Cuadrado, 2022). Sin obviar que estas eran y siguen siendo cuestiones extremamente relevantes, nos resultaban insuficientes; ¿dónde quedaban las reivindicaciones de las pobres, las okupas, las putas o las negras? Por otro lado, convivíamos con un anarquismo con dificultades para ser creativo, asumir el reto de complejizar el sujeto de lucha y actualizarse ante el nuevo siglo.

Fue entonces cuando se celebraron las Jornadas de Granada (2009), que contribuyeron a la consolidación del transfeminismo. La decisión de organizarlo en Granada fue en honor a las II Jornadas Estatales de la Mujer, que habían tenido lugar 30 años atrás en la misma ciudad y que contaron con la presencia de Simone de Beauvoir.2 Participaron 4.000 mujeres e identidades sexogénero disidentes y hubo más de 130 ponencias. Las Jornadas alentaron a la organización a partir del Manifiesto para la Insurrección Transfeminista, con cierto paralelismo al alzamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (Chiapas) y a las combatientes de la revolución cubana. El Manifiesto clama:

«Llamamos a la insurrección, a la ocupación de las calles, a los blogs, a la desobediencia, a no pedir permiso, a generar alianzas y estructuras propias; no nos defendamos, ¡hagamos que nos teman! Somos una realidad, operamos en diferentes ciudades y contextos, estamos conectadxs, tenemos objetivos comunes y ya no nos calláis. El feminismo será transfronterizo, transformador, transgénero o no será, el feminismo será TransFeminista o no será…». (Red PutaBolloNegraTransFeminista, 2009)

Pese a la movilización, diversidad y consenso, las Jornadas no generaron una propuesta estratégica organizativa amplia y continuada en el tiempo. Sin embargo, muchas hicimos florecer propuestas organizativas y políticas que dieran continuidad a esas Jornadas.

A continuación, desgranamos qué entendemos por transfeminismo y por qué apostamos por él como forma de relacionarnos y crecer políticamente como anarquistas, haciendo de lo personal algo político. Terminamos presentando la propuesta política de La Maquia, nutrida de la relación entre anarquismo y transfeminismo. Nuestra finalidad es contribuir a debates actuales desde nuestra práctica política.3

El transfeminismo como eje político

El debate histórico en torno al sujeto político del feminismo ha hecho aguas en el movimiento: las mujeres, la mujer trabajadora, la clase obrera… El transfeminismo amplía la idea de sujetos de lucha desde la transversalidad, poniendo el foco en sujetos que el feminismo hegemónico tradicionalmente había olvidado: lesbianas, negras, latinas, gitanas… Nace a raíz de las críticas de estas subjetividades hacia el feminismo hegemónico, generalmente centrado en mujeres heterosexuales, blancas y de clase media, con la voluntad de generar un frente común —pero transversal— de autodefensa y resistencia. En este sentido, implica el reconocimiento de distintos ejes de opresión: la orientación sexual, los estados de tránsito de género, la procedencia geopolítica, la racialización, la clase socioeconómica, el capacitismo, etc.

 

Caja de cerillas en encuentro transfeminista
«Mujeres más allá de las armas». Imagen: La Màquia

El transfeminismo ha sacudido cuestiones clave como la memoria histórica, los dogmas ideológicos o la complejidad del sistema capitalista. La memoria es lucha, y ampliar el sujeto de lucha nos ha permitido encontrar respuestas y honrar las historias silenciadas de muchas compañeras. Nos ha permitido crear genealogías transfeministas de resistencia, que beben de la resistencia de Rosa Cortés y la fuga de 53 gitanas de la Casa de la Misericordia en Zaragoza (Martínez Martínez, 2019), de Mujeres Libres (Ackelsberg, 1987), de las trans y putas en Stonewall en 1969 tirando piedras a la policía o de la marcha de las Carolinas en el puerto de Barcelona en 1931 (Martínez, 2017). La genealogía transfeminista, lejos de quedar en anécdota, resulta una herramienta hacia la construcción de identidades de lucha en el presente y en el futuro.

Asimismo, la visión amplia y transversal del transfeminismo nos ha permitido alejarnos de la «necesidad dogmática» de representar las luchas en una única corriente ideológica. Cada comunidad tiene su propia genealogía y, por ende, acoge distintas luchas, identidades individuales y colectivas, y feminismos. Tal y como nos compartía Paqui Perona, activista y feminista gitana, las genealogías de las comunidades pueden ser radicalmente distintas aun compartiendo el mismo momento y lugar histórico: «en mi cultura, aunque vivamos en un sistema individualista y neoliberal, encontramos herramientas y maneras de poder continuar manteniendo nuestra vida comunitaria». En este sentido, el transfeminismo no se entiende como una etiqueta o identidad hermética, sino como un punto de encuentro hacia la construcción de un frente común de lucha: una trinchera que no es abstracta y que constituye una fortaleza tácita y desafiante, forjada por semejanzas y alianzas, con valores y posicionamientos políticos compartidos hacia futuros que contrarresten el odio.

 

 

Consecuentemente, el transfeminismo ha sido capaz de recoger la complejidad del sistema capitalista y su alianza criminal con los demás sistemas de dominación —colonialismo y patriarcado, entre otros—. No jerarquizar entre sistemas de opresión ha permitido el reconocimiento mutuo y una política basada en alianzas y acciones, creando así comunidades de resistencia diversas y con un hacer cotidiano y práctico para hacer frente a las violencias desde el apoyo mutuo.

Gran parte de los esfuerzos del transfeminismo se han dedicado a la cuestión del género, entendido como una construcción social —«mujer se hace, no se nace» (de Beauvoir, 1949)— y como herramienta indispensable del patriarcado para perpetuar su poder, imponer el binarismo y limitar los cuerpos al servicio del orden social. Sin embargo, la ampliación y complejización de los sujetos de lucha ha permitido nuevos horizontes de alianzas y luchas.

¡Esto puede ser también feminismo, no hace falta cambiar el nombre!

Para nosotres, el transfeminismo es una trinchera estratégica ante el discurso feminista mainstream actual (Castejón, 2018). Estamos presenciando el auge de un feminismo mainstream que criminaliza a quienes habitan en los márgenes y sostiene las violencias estructurales. Un feminismo que sitúa a las personas migrantes y pobres como focos de violencia machista, a las trabajadoras sexuales como proxenetas o víctimas, y a las personas trans y no binarias como identidades misóginas y liberales. Asimismo, que obvia el enriquecimiento del norte global lo que significa guerra y miseria para las mujeres y disidencias del sur, actuando como cómplice del capitalismo y colonialismo (Drullard Marquez, 2020; Puar, 2007).

 

Corte de tráfico 8M 2024. Imagen: La Màquia

Este feminismo está impulsado por Estados, gobiernos e instituciones. Ejemplos concretos son las políticas y discursos del sionismo, del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), de instituciones como la Dirección General de Atención a la Infancia y a la Adolescencia (DGAIA) o de la represión policial. El sionismo y sus cómplices han utilizado la instrumentalización de los derechos pro‐LGTBIQ+ para justificar la ocupación y el genocidio de Palestina (pinkwashing; Puar, 2010). El PSOE, autoproclamado como el «gobierno más feminista de la historia», ha eliminado la sigla Q+ de su documento ideológico LGTBI por su significado «misógino, liberal y antifeminista» (Mar Escobedo, 2024), ha propuesto excluir a las mujeres trans de las categorías femeninas en el deporte, y ha registrado la tercería locativa —una propuesta de ley que persigue a las trabajadoras sexuales—. La DGAIA premia sistemáticamente a las mujeres autónomas, pero ha reportado múltiples casos de racismo y clasismo mediante la retirada de custodias (Brizuela González, 2025), mientras la policía reprime a las trabajadoras sexuales autoorganizadas en sindicatos y plataformas en nombre de la protección de «las mujeres».

El transfeminismo pone el foco en la denuncia de esta capitalización del feminismo por parte de las instituciones y Estados. El componente radical que lo atraviesa —señalar todos los sistemas de dominación que atraviesan nuestras vidas— nos permite distanciarnos del feminismo mainstream y cultivar la radicalidad y la transformación social.

 

 

La alianza silenciosa entre transfeminismo y anarquismo

Como el transfeminismo, el anarquismo también se ha centrado en abolir el patriarcado como forma de jerarquía. Los anarcofeminismos han puesto énfasis en el impacto del Estado en los cuerpos de las mujeres, por ejemplo, a través del control de la natalidad. Para nosotres, la confluencia entre transfeminismo y anarquismo aporta una vuelta de tuerca: entender la lucha contra el patriarcado también como la abolición del género y, por ende, el reconocimiento de las identidades individuales y colectivas que cuestionan el binarismo como herramientas radicales de lucha revolucionaria. Si bien el orgullo de ser lesbiana, trans, negra o gitana no es un fin político, puede devenir una poderosa herramienta de lucha.

Existen críticas del anarquismo hacia el transfeminismo que señalan los riesgos de identitarismo: caer en la reivindicación de la identidad como fin mismo y no como herramienta de radicalización, concienciación y transformación social. Las críticas del anarquismo al feminismo no son algo nuevo y referentes como Mujeres Libres, Emma Goldman o Lucy Parsons nunca se definieron como feministas, tal y como ilustra Ackelsberg:

«No tardé en sospechar que, si bien el marco político español de los años treinta difiere enormemente del de los Estados Unidos de los ochenta, podría haber algunas semblanzas entre el rechazo de Mujeres Libres a identificarse como feministas y la vacilación de muchas mujeres obreras y de color de este país [EEUU] en adoptar la etiqueta feminista». (Ackelsberg, 1987)

Mujeres Libres y obreras negras no solo no se definieron como feministas, sino que tampoco han formado parte de la genealogía del feminismo ni, durante muchos años, del anarquismo. Sin embargo, nosotres estamos convencidas que, de haberlo hecho, ambos movimientos, el anarquista y el feminista, hubiesen tenido referentes donde reconocerse e inspirarse para enfrentar las luchas actuales e intentar no cometer los mismos errores.

Tras el estudio de la historia y acción política de Mujeres Libres, identificamos paralelismos entre su capacidad de hacer la revolución allí donde nadie la hacía —en los márgenes— y el transfeminismo. Pese a que algunas compañeras siguen enquistadas en posturas binarias, esencialistas y abolicionistas referenciando a Mujeres Libres o Emma Goldman, nosotres enfatizamos que para ellas solo la abolición de la explotación económica era sinónimo de la abolición de la prostitución y consideraban que la prohibición no era la solución, y que toda propuesta política estaba sujeta a su tiempo y contexto.

Tal como recoge Vanessa Gómez Bernal, la experiencia de Mujeres Libres representa una contribución al feminismo contemporáneo que lucha por desarrollar una concepción de la subordinación y la capacitación de las mujeres que atienda a las diferencias de etnicidad, clase, sexualidad, capacidades, etc. Las palabras de Mujeres Libres nos recuerdan algo vital en la actualidad: «para descubrir nuevos horizontes es preciso descubrir atalayas nuevas. Nos repugna la política porque no entiende de problemas humanos, sino de intereses de secta y de clase» (Revista Mujeres Libres. Volumen: 1,1936). Para nosotres, profundizar en la relación entre anarquismo y transfeminismo representa subir nuevas atalayas, y junto con el antirracismo, «descentrar la mirada para ampliar la visión» (Birzuela, Florancia. López, Uriel. 2018).

La propuesta de La Màquia

Nuestra propuesta política bebe de la relación silenciosa entre anarquismo y transfeminismo, la cual nos ha permitido trascender y ampliar, a nuestro parecer, ambos marcos. En primer lugar, desde el anarquismo identificamos múltiples formas de dominación que aparecen y se reformulan a lo largo de la historia para optimizar la acumulación de unos pocos y la explotación y desposesión de muches. El patriarcado, el racismo y la colonización, el capitalismo y la propiedad privada son sistemas interrelacionados que construyen relaciones económicas, sociales y culturales. Se adaptan al contexto geográfico e histórico, pero nunca dejan de perpetuar violencia, despojo y muerte. El Estado, «padre del pueblo» (no solo en su concepción moderna, sino en cualquiera de sus manifestaciones históricas), es la estructura desde donde se ejerce el dominio político‐militar, autoritario y centralizado. Desde el Estado se garantiza y legitima la perpetuación de las formas de dominación mediante el aniquilamiento, la represión o la asimilación de las disidencias, tanto individuales como colectivas y organizadas. En segundo lugar, desde el transfeminismo hemos establecido estrategias como la no‐mixticidad de género o la política de alianzas, con las que hemos podido responder con formas organizativas revolucionarias que buscan el fin de la dominación mediante la lucha, la autodefensa y las alianzas entre distintas identidades individuales y colectivas. En el presente 2025, interpretamos las alianzas que se nombraron en las Jornadas de Granada no solo como la coordinación o el apoyo simbólico, sino como la construcción de relaciones políticas y organizativas en el plano estratégico hacia un frente común transfeminista.

 

Ilustración de Sinsituarte para la revista
Dones Més Enllà de Les Armes Vol.I (2)

A nuestro entender, el diálogo entra anarquismo y transfeminismo supera —o al menos trata de superar— la dificultad histórica del anarquismo en recoger la experiencia de Mujeres Libres —con su crítica a una excesiva centralidad en el sujeto de la clase trabajadora hegemónica— y los aprendizajes de las teorías decoloniales y del movimiento antirracista. Asimismo, plantea la posibilidad de superar la centralidad de un único sujeto político —a su vez, excluyendo a otros y perpetuando así las jerarquías—. Sabemos que una exclusiva lectura de clase o de género deja otras identidades en los márgenes, imposibilitando la construcción de relaciones de lucha y apoyo mutuo. Así pues, trasciende el plantear marcos únicos que llevan a estrategias únicas que pueden perpetuar otras formas de opresión.

Nuestra propuesta se estructura en múltiples ejes (La Maquia, 2024). Uno de ellos consiste en reenfocar la mirada con la que relatamos las historias y los análisis que nos precedieron y que coexisten en la actualidad. Es la de recuperar la memoria transfeminista para reconocernos e imaginar futuros y horizontes de lucha colectivos. Esto nos lleva a reconocer la diversidad, amplitud y complejidad de los sujetos de lucha, las múltiples ideas y las luchas que resisten al ataque de los sistemas de dominación. Es en el andar donde podemos reconocer a nuestras aliadas en los valores éticos compartidos.

Reconocernos y tejer alianzas nos permite construir frentes de lucha contra todos los sistemas de dominación y la interrelación entre ellos. Nuestros valores y práctica anarquista implican radicalidad y construcción comunitaria. A su vez, nuestra práctica transfeminista nos obliga a ver las diferencias entre nosotres en la construcción de dichos frentes. Sin una mirada que reconoce como la explotación y el expolio arrasan de forma diferente distintas vidas —dependiendo, por ejemplo, de si tienen papeles o sobrecargas familiares— nunca seremos capaces de librar una batalla ética a la opresión.

Estas prácticas implican poner el cuerpo en la lucha. Nuestras identidades no son el fin en sí mismo, son herramientas de radicalización, concienciación y organización. Nuestra lucha va más allá de gestos simbólicos, instituciones o gobiernos. Nuestro anarquismo y nuestras luchas son radicalmente transformadoras; reconocen las contribuciones prácticas y teóricas de múltiples movimientos para incorporarlas en su huella.

Referencias


  1. En este artículo utilizamos el pronombre e o el femenino genérico indistintamente para referirnos a mujeres e identidades sexogénero disidentes, acogiendo una visión no‐binaria del sujeto de la lucha transfeminista https://lamaquia.cat/blog/no-mixticitat/
  2. No existen referencias documentadas de la presencia de Simone de Beauvoir en las II Jornadas Estatales de la Mujer, aunque hay voces que participaron en ellas que afirman su participación. 
  3. Nuestras elaboraciones provienen de una reflexión y formación política a partir de la práctica. Así pues, pueden estar alejadas de formulaciones teóricas que siguen procesos más academicistas. Recomendamos leer el libro de Solá & Urko (2014) para ampliar algunas ideas que aparecen en el texto. 

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