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La promotora que decidió hablar

 

Victoria vio morir su hermana en los brazos de su madre. No era una enfermedad extraña. Era una enfermedad curable. Pero en su comunidad, en la Chiapas rural de los años ochenta, no había médicos, ni clínica, ni dinero para comprar medicamentos.

 

En casa eran trece hermanos. Tres murieron. Su padre trabajaba en las fincas cafetaleres para ganar unos pesos que apenas servían para comprar maíz. Comían tortillas con sal. Cuando llegaba el frío, no había zapatos suficientes. Cuando llegaba la fiebre, solo había espera.

 

Chiapas era —y continúa siendo— uno de los estados más empobrecidos de México. Las comunidades indígenas sufrían la herencia de un sistema de fincas que había concentrado la tierra en pocas manos desde la época colonial. A pesar delas reformas agrarias del siglo XX, muchas familias seguían sin acceso real a servicios básicos. A principios de los años noventa, la reforma constitucional que permitía privatizar tierras comunales y la entrada en vigor del TLCAN profundizaron la sensación de amenaza y abandono.

 

En este contexto, Victoria recibió una invitación: un curso de salud comunitaria organizado por la red clandestina que después sería la EZLN. Vendió un pollo para pagar el viaje. Aprendió a reconocer síntomas, a preparar remedios, a atender parts. Entendió que muchas muertes no eran inevitables, sino consecuencia de un sistema que marginaba los pueblos indígenas.

 

Poco después le hablaron de una organización que luchaba contra la injusticia. Le dejaron tiempo para pensar si quería entrar. Ella pensó en su hermana. Y dijo que sí.

 

Fotografía de la comandanta Ramona del EZLN

 

Al principio, su lucha fue dentro del mismo pueblo. Algunos hombres decían que no hacía falta que las mujeres asistieran a reuniones: ellos ya llevarían la información a casa. A Victoria le daba miedo hablar. Pensaba que los hombres sabían más, que su voz no era suficiente. Pero un compañero la animó a intervenir. Empezó a informar en asambleas. Defendió que las mujeres tenían que estar presentes cuando se tomaban decisiones que afectaban toda la comunidad.

 

Cuando el 1 de enero de 1994 el EZLN se levantó en armas, Victoria ya era parte activa del movimiento. No solo como miliciana, sino como promotora de salud y como organizadora comunitaria. La revolución no empezó para ella con un fusil, sino con una pregunta: por qué los pobres mueren más?

 

Con la construcción de la autonomía zapatista —los Caracoles, las Juntas de Buen Gobierno, los sistemas propios de educación y salud— las mujeres asumieron responsabilidades que antes les estaban vetadas. Crearon cooperativas productivas, impulsaron la participación femenina en cargos políticos e hicieron efectiva la Ley Revolucionaria de las Mujeres, que reconocía el derecho a decidir sobre el matrimonio, la maternidad y la participación política.

 

Las mujeres zapatistas no solo acompañaron la revuelta; la modelaron. Contribuyeron a reducir la violencia doméstica, a transformar la vida cotidiana y a consolidar estructuras de autogobierno en un territorio históricamente desposeído.

 

Victoria empezó queriendo aprender a curar.

 

Acabó ayudando a construir autonomía.

 

Y en un territorio marcado por siglos de desigualdad, esta fue una revolución profunda.

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