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WoMin: defender la tierra, descolonizar el futuro

 

Hay lugares donde la tierra no es propiedad: es pertenencia. No es capital: es memoria. En muchos países africanos —del Camerún en Burkina Faso, de Guinea Conakry en el Congo— el territorio ha estado históricamente un espacio de disputa. Primero, el colonialismo europeo convirtió el continente en fuente inagotable de materias primas: oro, caucho, petróleo, coltán. Después de las independencias políticas, las fronteras cambiaron de nombre, pero no de lógica. Las economías continuaron orientadas a la exportación, las deudas externas crecieron y las corporaciones multinacionales ocuparon el lugar de los antiguos imperios.

 

El extractivismo contemporáneo —minería a gran escala, petróleo, monocultivos— se inscribe en esta continuidad. No es solo un modelo económico: es una forma de poder. Decide qué vale, que se extrae y quien asume el coste. Y el coste, demasiado a menudo, recae sobre las comunidades rurales y, especialmente, sobre las mujeres.

 

En este contexto nace WoMin African Alliance, una alianza ecofeminista panafricana que acompaña comunidades afectadas por proyectos extractivos y defiende el derecho a decir “no”. Tal como explica el economista Georgine Kengne en una entrevista reciente, defender el territorio no es solo una cuestión ambiental o económica: es también un proceso de descolonización y de despatriarcalización.

 

Mujeres de la comunidad protestando durante el Espacio Alternativo del Banco Africano de Desarrollo en Costa de Marfil.

 

Porque cuando llega una mina, no solo se abre la tierra. Se rompen equilibrios invisibles. Las mujeres —que a menudo no constan como propietarias legales, pero que cultivan, recogen agua, preservan entonces y sostienen la vida cotidiana— son las primeras a verse desposeídas. Pierden campos, fuentes, plantas medicinales, espacios comunes. Y con esto, pierden autonomía. El sistema extractivo negocia con gobiernos y élites masculinizadas, ofrece compensaciones insuficientes e ignora el trabajo de cura que mantiene las comunidades vivas.

 

Aun así, la historia africana es también una historia de resistencia femenina. Las mujeres han participado activamente en luchas anticoloniales, en movilizaciones contra impuestos injustos, en movimientos campesinos y en redes comunitarias de apoyo. Han defendido el territorio con el cuerpo y con la palabra. Han sostenido economías locales cuando los mercados globales imponían dependencia. Han convertido la cotidianidad en espacio político.

 

WoMin bebe de esta tradición y la reformula desde una mirada ecofeminista. Acompaña procesos de formación y concienciación, conecta luchas locales con estructuras globales de poder y reivindica que la justicia ambiental no puede existir sin justicia de género. Su planteamiento está claro: no hay soberanía real si las comunidades no controlan sus tierras; no hay libertad si las mujeres continúan excluidas de la toma de decisiones.

 

En un momento marcado por la crisis climática y por una nueva carrera global por los recursos —ahora también bajo el paraguas de la “transición verde”— su voz es incómoda y necesaria. Recuerda que no todo progreso es neutral, que los minerales que alimentan nuestras tecnologías tienen origen y consecuencias. Y que cualquier futuro habitable pasa para poner la vida, y no el beneficio, en el centro.

 

Defender la tierra es defender la dignidad. Es afirmar que el territorio no es una mercancía, sino un espacio de relaciones. Es entender que la lucha contra el extractivismo es también una lucha contra las estructuras patriarcales que lo han sostenido. Y es, sobre todo, reconocer que muchas mujeres —anónimas, rurales, a menudo invisibilizadas— están trazando caminos de resistencia que nos interpelan a todas.

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