8M_Palestina

 

 

La memoria es borrada por los sionistas y, a su vez, por la narrativa patriarcal de la historia. Pero la historia palestina tiene otra caligrafía: la de las mujeres que escriben con harina, con panfletos clandestinos, con piedras, con llaves colgadas al cuello.

 

A finales del siglo XIX, cuando el sionismo comenzaba a organizar su proyecto colonial, las mujeres palestinas ya se organizaban también. El movimiento asociativo de mujeres nació entonces con un propósito inseparable: la liberación de la mujer y la lucha contra la colonización. En 1884 protagonizaron la primera acción política registrada contra el establecimiento de asentamientos y el robo de tierras. No defendían solo campos de olivos: defendían la continuidad de los nombres, la respiración de las aldeas.

 

Durante el Mandato Británico, mientras el sionismo se consolidaba como fuerza política y financiera, ellas multiplicaron conferencias, comités, redes de ayuda. Asistían a heridos en las protestas, llamaban a la desobediencia civil, sostenían la estabilidad del hogar cuando los líderes eran encarcelados o exiliados. En otros lugares del mundo, las demandas feministas se centraban en reformas civiles; en Palestina, las mujeres exigían la abolición de la Declaración Balfour, la restricción de la inmigración sionista y mejores condiciones para los presos políticos. Entendían que sin la liberación de Palestina no habría emancipación posible.

 

En 1921 fundaron la primera Unión de Mujeres Árabes Palestinas. Las mujeres de las ciudades estaban conectadas con el campesinado y les alertaban de las tierras vendidas y expropiadas. Urbanas y rurales colaboraron para transportar armas, intercambiar información, vigilar caminos, liberar detenidos. La resistencia no era un eslogan: era estrategia, era red, era cuidado armado.

 

En 1929, más de doscientas mujeres participaron en la Primera Conferencia de Mujeres Árabes Palestinas. Salieron a las calles, se enfrentaron a la policía británica, auxiliaron a los heridos; muchas fueron mártires. Ante las prohibiciones de movilización, se manifestaron dentro de sus vehículos, recorrieron las calles haciendo sonar los cláxones contra la Declaración Balfour. Enfrentaron con creatividad las restricciones.

 

Una manifestante sostiene una bandera palestina durante los enfrentamientos con las tropas israelíes en una protesta en el sur de la Franja de Gaza. (Reuters)

 

En los años treinta, con la intensificación de la expropiación y la militarización, surgieron grupos como Las Compañeras del Qassām. Escondieron y transportaron armas, escribieron cartas exigiendo la liberación de prisioneros, combatieron. Algunas, como Fātima Gazāl, pagaron con la vida. Su presencia en la primera línea alteró valores y costumbres; el estatus político de la mujer palestina se elevó en medio de la guerra. La lucha transformaba también la sociedad.

 

Luego llegó 1948. La Nakba. Más de la mitad de la población fue expulsada, centenares de aldeas destruidas. En medio del desarraigo, ellas fundaron asociaciones de asistencia, hospitales, clínicas. En los campos de refugiados organizaron alfabetización, guarderías, apoyo a presos y a sus familias. Cuando la supervivencia familiar dependió de su trabajo fuera de casa, esa necesidad abrió también una conciencia política nueva. Entraron en las organizaciones y comités políticos, crearon la Unión General de la Mujer Palestina. No pidieron permiso para existir políticamente.

 

En la primera Intifada, la llamada “Rebelión de las piedras”, su papel volvió a hacerse visible para los medios internacionales: participaron activamente en manifestaciones, huelgas, elaboración de panfletos y en el sostenimiento del hogar, asumiendo liderazgo cuando los hombres eran detenidos. Pero no era novedad: era continuidad histórica.

 

Hoy, cuando una de las principales estrategias del proyecto colonial sigue siendo la expulsión y la demolición masiva de casas, son ellas quienes se interponen entre la excavadora y la puerta. Defienden la casa como quien defiende un archivo vivo. Frente a un feminismo blanco que mira el hogar solo como espacio de encierro, la mujer palestina lo resignifica: quedarse no es sumisión, es resistencia, es garantizar que la comunidad sobreviva al asedio. Cuidar no es obedecer, es sostener la infraestructura de la lucha.

 

Recordamos a las mujeres palestinas asesinadas en el genocidio; médicas que sostenian hospitales bajo bombardeo, periodistas que narraban y fotografiaban mientras caen los edificios, madres que organizaban evacuaciones, militantes que articulaban comunidad bajo asedio. Nombrarlas únicamente como víctimas pasivas suaviza la violencia y neutraliza su agencia política. No murieron al margen de la resistencia: fueron asesinadas porque la sostuvieron.

 

Porque en Palestina la liberación colonial y la liberación de las mujeres no son procesos paralelos: son el mismo combate. No habrá emancipación de las mujeres bajo ocupación sionista. Ellas lo supieron desde el principio, cuando ligaron su destino al de la tierra.

 

La memoria podrá ser demolida en los libros oficiales. Pero mientras una mujer palestina permanezca de pie frente a su casa, mientras sostenga la llave de lo que fue y de lo que será, la historia se construirá desde sus manos.

 

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