En los últimos días, concretamente desde el 28 de febrero de 2026, la atención internacional se ha concentrado en las declaraciones oficiales, los movimientos militares y el precio del gasoil. Los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán y, posteriormente, contra el Líbano, han sido narrados principalmente desde una lógica geopolítica: las tensiones en torno al estrecho de Ormuz, el peso de la inversión militar en la OTAN o la disputa por el liderazgo Estatal en Irán.

 

Sin embargo, ese marco de análisis, reproducido no solo por los grandes medios occidentales, sino también por parte de ciertas retóricas de izquierda, vuelve a relegar a un segundo plano a quienes viven y resisten sobre el terreno. Una vez más, las eternas olvidadas de la política internacional son las comunidades que habitan los territorios ocupados, los pueblos que sostienen la vida cotidiana bajo la presión constante del colonialismo, la violencia y el desplazamiento.

 

En los siguientes párrafos intentamos trasladar la situación que atraviesan las comunidades de la Palestina ocupada, concretamente en Cisjordania. Lo hacemos también como un llamado a la solidaridad internacionalista con quienes luchan contra los Estados y los sistemas de dominación y, de manera particular, con los pueblos de Palestina y del Líbano.

 

 

Relatos desde la Palestina ocupada, Cisjordania

 

Tras el 7 de octubre de 2023, en Cisjordania se ha intensificado lo que muchas comunidades denominan “la guerra silenciosa”: una anexión de facto que, tras la aprobación del proyecto de anexión en el Parlamento israelí, comienza a adquirir también forma jurídica. En el terreno, esta política se traduce en un cerco cada vez más asfixiante. Las comunidades palestinas viven literalmente rodeadas de asentamientos coloniales; el resultado son ataques constantes, demoliciones de viviendas, robos de ganado y tierras; y agresiones que, cada vez con mayor frecuencia, terminan en asesinatos.

 

En el contexto de los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, el Estado israelí ha aprovechado para intensificar su ofensiva en Cisjordania. Colonos armados patrullan las carreteras en vehículos adornados con banderas israelíes, actuando en la práctica como grupos paramilitares. Donde antes habían hogares palestinos, ahora los colonos ponen grandes banderas de su Estado Sionista. En ese clima de impunidad, el uso de armas de fuego contra la población palestina se vuelve cada vez más habitual.

 

Tan solo en la primera semana posterior al inicio de la ofensiva contra Irán, los colonos asesinaron al menos seis mártires. Entre ellas, los hermanos Mohammed (52) y Fahim Mu’amer (48) en Qaryout; los hermanos Amir Mohammad (28) y Khaled Shnaran (33) en Khirbet Wadi Al-Rakhim; y Thaer Farouq Hamayel (24), Farea Jawdat Hamayel (57) y Mohammad Hassan Murra (55) en la comunidad de Abu Falah, al este de Ramallah. A ello se suman ataques brutalmente violentos en Masafer Yatta: la quema de dos casas en Al-Halawi, el atropello de una niña por un vehículo de colonos o el uso de gas pimienta contra una familia durante el iftar en dos días consecutivos.

 

Como si esta situación no fuera suficiente, el Estado israelí está utilizando la narrativa de la “seguridad” frente a Irán para impulsar nuevos proyectos de infraestructura colonial. Entre ellos destaca la construcción de un muro de apartheid de aproximadamente 500 kilómetros y una carretera “exclusivamente para judíos” en el Valle del Jordán, que conectaría los Altos del Golán con el Mar Rojo. Este proyecto tiene una consecuencia directa en el aumento significativo de la violencia contra las comunidades en el Valle del Jordán para forzar su desplazamiento. La presente situación implica más acoso y violencia, desalojos de centenares de familias palestinas y el despojo de sus tierras. De hecho, al menos setenta familias ya han recibido órdenes de demolición de sus viviendas.

 

El muro dividiría Cisjordania en dos, consolidando una de las expresiones más claras de la anexión de facto del territorio. Las comunidades denuncian que la situación es cada vez más insostenible: viven rodeadas por la expansión colonial y soportan ataques cotidianos por parte de colonos, unidades militares, policía y ejército. Y, sin embargo, su determinación sigue siendo permanecer en la tierra. Resistir, día tras día, frente a la violencia, los ataques sistemáticos, ante cada intento de expulsión.

 

Al mismo tiempo, diversas voces de las comunidades nos advierten de que Israel podría intentar convertir al Líbano en la próxima Gaza, y que los bombardeos actuales podrían marcar el inicio de otro ciclo de genocidio y destrucción masiva. En los últimos días, ataques israelíes han alcanzado objetivos civiles en el país, entre ellos la Universidad de Beirut, provocando más de 700 muertes, incluidos más de 100 niños, y entre 800.000 y un millón de personas desplazadas internamente.

 

Mientras los análisis internacionales siguen concentrándose en equilibrios estratégicos y cifras energéticas, en estas tierras la historia se escribe de otra manera: en comunidades que, pese a la violencia y el aislamiento, siguen apostando por permanecer, sostener la vida y resistir.

 

No basta con mirar: urge poner el cuerpo en la lucha

 

Existe una pregunta que atraviesa nuestras realidades como internacionalistas: ¿qué significa la solidaridad cuando la violencia se vuelve cotidiana y las imágenes de la guerra circulan sin descanso por nuestras pantallas?

 

En los últimos años, el mundo ha sido testigo de una cobertura constante del genocidio en Gaza. Sin embargo, la visibilización por sí sola no basta. La exposición permanente a imágenes de destrucción y muerte corre el riesgo de producir el efecto contrario: una normalización de la violencia que convierte a las víctimas en cifras y deshumaniza el sufrimiento. Cuando la tragedia se mide únicamente en estadísticas, las vidas que se pierden dejan de percibirse como historias concretas.

 

Por eso, la difusión de lo que ocurre es imprescindible, pero no suficiente. Sin organización ni acción, sin poner el cuerpo en la lucha, la mediatización corre el riesgo de convertirse en una forma de consumo de la tragedia. Pese a las movilizaciones multitudinarias en distintos países exigiendo el fin del genocidio, parece que inconscientemente hemos bajado la guardia tras el Acuerdo de Paz de octubre 2025 (aunque se han registrado más de1.500 violaciones del fuego); desde Cisjordania aun podemos escuchar los bombardeaos en las tierras de Gaza. 

 

Frente a ello, las comunidades en resistencia insisten de reiniciar ciclos de lucha y resistencia; en la permanente necesidad de una solidaridad que vaya más allá de la palabra. Una solidaridad capaz de traducirse en acción política concreta: desde la organización de campañas de boicot, desinversión y sabotaje en distintos territorios del mundo, hasta la presencia internacionalista en los lugares donde las comunidades luchan por permanecer en sus tierras. Entre tardes con té de maramie, khubz y zaatar conversamos en usar el privilegio que rodea nuestros pasaportes, allá donde sea; reconstruir las redes de resistencia y movilización para confrontar internacionalmente las políticas de ocupación, apartheid y colonialismo.

 

Frente a la maquinaria de guerra y al silencio que la rodea, la solidaridad internacionalista sigue siendo una de las pocas fuerzas capaces de romper el aislamiento de quienes resisten. Y porque, en última instancia, la pregunta que queda abierta no es solo qué está ocurriendo en Palestina o en el Líbano, sino qué estamos dispuestas a hacer, desde cada lugar del mundo, para confrontar los sistemas de dominación.

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